lunes, 20 de junio de 2011

El fracaso de la socialdemocracia por Higinio Polo, etc.

La cinta de Moebius - M. C. Escher

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Sobre el 11s: La gran impostura

La gran impostura (ISBN 84-9734-058-2), libro escrito por Thierry Meyssan, afirma que los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron fomentados en los Estados Unidos y denuncia el fin de la democracia norteamericana, así como la instauración de un régimen militar expansionista. La obra, considerada por algunos[¿quién?] controvertida, ha sido traducida a 27 lenguas.

Este best-seller cuestiona la versión oficial norteamericana de lo sucedido y plantea un gran número de interrogantes sobre los pormenores de este hecho que, según numerosos observadores, marcó la entrada en el siglo XXI y transformó el orden geopolítico mundial.
Primera parte de la obra: «Una escenificación sangrienta»
  • Los atentados que provocaron el desplome de las Torres Gemelas en el corazón de Nueva York y la destrucción de una parte del Pentágono no habrían sido obra de kamikazes extranjeros, sino un golpe organizado por una parte del propio gobierno norteamericano, un complot interno destinado a modificar las opiniones y a forzar el curso de los acontecimientos.
Segunda parte: «Muerte de la democracia en Estados Unidos»
  • La guerra de Afganistán no sería una respuesta a los atentados del 11 de septiembre, sino que habría sido preparada desde mucho antes en coordinación con los británicos. El presidente Bush se apoyaría en grupos evangélicos para lanzar una cruzada contra el Islam, según la estrategia llamada «choque de civilizaciones». La «guerra contra el terrorismo» sería una artimaña para suspender las libertades individuales en los Estados Unidos y luego en los países aliados, para instaurar así una forma de régimen militar.
Tercera parte: «El imperio ataca»
  • Osama Bin Laden sería una fabricación de la CIA y no habría dejado nunca de trabajar para los servicios secretos norteamericanos. La familia Bin Laden y la familia Bush administrarían juntas su patrimonio mediante el Carlyle Group. El gobierno de los Estados Unidos habría sido confiscado por algunos grupos industriales (armamento, petróleo, farmacia) cuyos intereses defendería en detrimento de todos. La CIA desarrollaría un programa de injerencia a todos los niveles que incluiría el recurso a la tortura y al asesinato político.

 

enlace:
Wikipedia. la enciclopedia libre: La gran impostura

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 El Viejo Topo 284/ septiembre 2011
sistema
El fracaso de la socialdemocracia por Higinio Polo

L
a socialdemocracia histórica ha muerto, y si resucitara, moriría de nuevo de vergüenza al observar lo que están haciendo sus herederos. Y es que han usado palabras de “izquierda” para practicar la política de la derecha, pero han empezado a desvanecerse los espejismos.
Cuando terminaba el siglo XX, hace apenas una década, los países más relevantes de la Unión Europea estaban gobernados por la socialdemocracia. Tony Blair era primer ministro en Londres; Gerard Schröder era el canciller alemán, Lionel Jospin dirigía el gobierno francés, y Massimo D’Alema era presidente del consejo de ministros italiano. No eran los únicos socialdemócratas al frente de gobiernos: de los quince países de la Unión Europea, once estaban gobernados por otros dirigentes de la misma ideología. La Internacional Socialista jugaba en esos años con la idea de un agrupamiento con el Partido Demócrata norteamericano y otros partidos semejantes, en el momento en que Bill Clinton casi terminaba su segundo mandato presidencial. Dirigiendo algunos de los países más importantes del mundo, todo parecía sonreír a los líderes socialdemócratas, a sus partidos y a la Internacional Socialista, que, pocos años atrás, entre 1989 y 1991, cuando desaparecieron los sistemas del socialismo real en Europa y la Unión Soviética, celebraron el hundimiento y desaparición de muchos partidos comunistas en Europa del Este, sin sospechar el sufrimiento social que iba a extenderse por medio continente, se aprestaron a colaborar en la marginación del resto de organizaciones comunistas (como en España) y anunciaron el inicio de un tiempo nuevo, donde sus partidos socialdemócratas iban a representar la nueva izquierda que, frente a los errores de los partidos comunistas, iba a construir sociedades más justas, más libres y más solidarias, en línea con los programas de la Internacional Socialista, que, según mantenía, iba a conjugar el socialismo con la libertad.
En el tránsito desde la exaltación hasta el fracaso, la socialdemocracia generó algunos espejismos más. La tercera vía de Blair y Giddens, de la que ya no se encuentran seguidores en el mundo, quiso ser un camino intermedio entre el liberalismo y la vieja socialdemocracia de entreguerras, pero fue una vuelta de tuerca en la deriva del laborismo británico, y, después, de buena parte de los partidos socialdemócratas europeos, un camino que transitaron retorciendo el lenguaje, vistiéndose de supuesta modernidad, sacudiéndose la zarza tormentosa de sus lejanos lazos con el marxismo, jugando con ideas de la derecha para hacerlas pasar por progresistas: así, la pretendida síntesis que hizo la tercera vía entre ideas tradicionales del capitalismo con propuestas socialistas quedó reducida a la desregulación, a la reducción de los derechos asegurados a los trabajadores por el Estado del bienestar, a la reducción de impuestos (que siempre beneficia a los más ricos), a las privatizaciones de empresas públicas favoreciendo a la burguesía y a los financieros, y a una criminal política exterior, protagonizando con la guerra de Iraq, la última matanza colonial. La vergonzosa evolución posterior del propio Blair es conocida: no considera deshonesto estar a sueldo de monarquías medievales como la de Kuwait, o de entidades financieras como JP Morgan Chase, que están en el origen de muchas de las actividades delictivas que han causado la mayor crisis económica desde 1929.

Diez años después, el escenario ha cambiado. En 2011, cuando apenas quedan países europeos dirigidos por la socialdemocracia, y el propio Papandreu, actual presidente de la Internacional Socialista y del gobierno griego, se esmera en aplicar la política conservadora, cercenando los derechos de la población, es razonable preguntarse: ¿Se ha cumplido el programa socialdemócrata? En su “declaración de principios”, la Internacional Socialista sigue proclamando su deseo de “configurar un futuro socialista democrático en el siglo XXI”, y acompaña esa proclama con las tradicionales buenas intenciones sobre el progreso, la solidaridad, el empleo y el futuro sostenible del planeta. Pero es obvio que no podemos creer en sus palabras. Prisioneros de su renuncia a cambiar las cosas, de su entrega a la voluntad de la burguesía parasitaria y a los carteristas de las finanzas internacionales, los socialdemócratas han culminado su transformación convirtiéndose en una de las muletas del sistema. En ese tránsito, personajes tan poco recomendables como Tony Blair, Carlos Andrés Pérez, Bettino Craxi, Felipe González, por citar algunos, han jugado en las dos últimas décadas un papel central en las decisiones de la socialdemocracia, sin olvidar a déspotas como el tunecino Ben Alí, el egipcio Mubarak, que también eran dirigentes de la Internacional Socialista (de manera vergonzante, Ben Alí fue expulsado tras perder el poder; Mubarak, fue abandonado por la Internacional Socialista apenas unos días antes), o Jalal Talabani (el presidente de Iraq, cómplice de las innumerables matanzas protagonizadas por Estados Unidos en su país), que es vicepresidente de la IS, por no hablar de los dirigentes del Israel LaborParty, ILP, partícipes de los constantes asesinatos de palestinos. Es cierto que en la Internacional Socialista hay otros dirigentes más presentables, pero su actuación global está del lado de los poderosos.

Cuando se acepta incluso el lenguaje de la derecha, se ha llegado al final.
En los hechos, la socialdemocracia europea, apéndice  durante décadas del “amigo americano” y de sus postulados anticomunistas, además de partícipe en muchas atrocidades coloniales, ha abominado del cambio social, de la revolución, del socialismo entendido como un sistema político que asegurase la propiedad común, la justicia y la libertad, ciñéndose a una gestión de los asuntos públicos que, sin poner en cuestión el capitalismo, limitaba parcialmente la voracidad de la derecha y del empresariado: sus años dorados fueron los de la construcción del Estado del bienestar en Europa, cuyo mérito se atribuyen pese a la evidencia del papel jugado por las organizaciones obreras, los partidos comunistas y la propia existencia de la Unión Soviética. En los últimos años, muchos de los dirigentes socialdemócratas han definido que conceptos políticos como “izquierda” y “derecha” habían sido superados (aunque, ocasionalmente, los utilizaran electoralmente, de forma oportunista, ante formaciones conservadoras), y que ideas como la emancipación social eran antiguallas del pasado, hasta el punto de que, a juzgar por sus palabras, su nuevo horizonte es el de una sociedad “democrática”, con alusiones a una vaga “cohesión social”, a una difusa “solidaridad” con los más pobres, a una leve “justicia”... que se concreta en una defensa, no por vergonzante menos eficaz, del capitalismo, gestionando las conquistas sociales que habían aparecido en Europa al amparo de las luchas obreras y de la revolución bolchevique.
Han jugado también a robar las palabras, a sustituir términos rigurosos y precisos como “capitalismo” por roñas del lenguaje como “economía de mercado” o, con más simpleza aún, por “mercados”. Cuando se acepta incluso el lenguaje de la derecha, se ha llegado al final.

Al margen de las excepciones nórdicas europeas, donde la socialdemocracia construyó avanzados sistemas de protección social, compatibles con el capitalismo, en países periféricos y poco poblados, en general, la socialdemocracia se reorganizó como valladar ante los temores revolucionarios y fue, en muchas ocasiones, el muro protector del sistema capitalista.
Así ha sido en España, por ejemplo. Pese a la interesada insistencia con que el PSOE reclama los supuestos logros de sus gobiernos con Felipe González, lo cierto es que su visión y su práctica era la de una socialdemocracia liberal, complaciente con la derecha económica, que proporcionó a los empresarios la fragmentación y la precariedad de las condiciones laborales de los trabajadores, mientras facilitaba la acción empresarial, dejándoles hacer, y permitiendo que organizasen la economía nacional a su antojo, muchas veces en condiciones turbias, aceptando privatizar empresas públicas, mientras el Estado subvencionaba sin justificación a las empresas y cerraba los ojos ante la evidencia de la economía sumergida y de la evasión de impuestos, unidas a la corrupción y al tráfico de influencias de muchos empresarios, rasgos que se han convertido en definitorios de buena parte de ellos.

La propia idea de empresas públicas es una noción absurda para esta última socialdemocracia, que se ha aplicado a desmantelar buena parte de la propiedad del Estado, facilitando a los empresarios su compra en condiciones muy ventajosas, en ocasiones con sospechosas facilidades, permitiendo la realización de grandes negocios y el cobro de plusvalías millonarias, con frecuencia en un marasmo de corrupción y comisiones escandalosas, donde apenas ha entrado la justicia a investigar. En ese sentido, hay que señalar que la política seguida por Rodríguez Zapatero ha sido la aplicación del programa del Partido Popular, agravada por reformas laborales y de la negociación colectiva que son una agresión sin precedentes para los trabajadores, y aceptando, además, muchas de las exigencias de la patronal española, la CEOE. Si el Partido Popular y la CEOE han criticado algunas medidas del gobierno de Zapatero, no ha sido porque no las compartieran, sino porque todavía reclaman mayores sacrificios para los trabajadores. Además, buena parte de los dirigentes socialistas ha optado por la vía de “toma el dinero y corre”, entrando en el entramado corrupto de las asesorías y del tráfico de influencias para empresas y multinacionales, en los puestos inútiles de representación con sueldos millonarios, en el mundo de los negocios turbios, del clientelismo y de las manadas de lobos de los promotores de negocios al amparo de los presupuestos municipales, autonómicos o estatales, o viviendo de empleos políticos que proporcionan jugosas retribuciones: el dinero de los contribuyentes y la propiedad del Estado son un pozo sin fondo donde creen que pueden meter la mano, o, si no, al servicio de las grandes empresas y multinacionales. El nombre de Felipe González viene de inmediato a la memoria, pero está acompañado de muchos otros.
Sustituyendo el concepto de capitalismo por el de unos anónimos “mercados” (sin nombres, sin responsables, sin beneficiarios, al parecer), la socialdemocracia ha renunciado a los últimos restos de la ideología de izquierda que quedaba en suseno. Ni siquiera ha insistido en la necesidad de controlar los paraísos fiscales que facilitan a empresarios y especuladores la evasión de impuestos y el blanqueo de capitales, al margen de algunas declaraciones, en el momento álgido de la crisis, que ya se han olvidado. La cumbre del G-20 en Londres, que empezó a elaborar una lista de paraísos fiscales, y donde se habló de sanciones para dificultar sus actividades, es ya un recuerdo más: la socialdemocracia ha cedido a las presiones de la derecha económica y ha olvidado también esa necesidad.

El último Tony Blair es el de la rendición absoluta, sin matices: la socialdemocracia europea ha optado, en los países donde sigue gobernando, por aplicar una política que hace pagar a los pobres lasdeudas y los excesos de los ricos. Es más: como se está comprobando en Grecia, incluso está dispuesta a utilizar la fuerza policial para reducir y reprimir las protestas que esa feroz política de incautación y de robo de la propiedad y de los ahorros de la población ha hecho estallar allí y en muchos países. Su política económica se basa hoy en vagas alusiones a la recuperación, al esfuerzo para superar la crisis, y a la aceptación de casi todas las exigencias empresariales y de los “mercados”, confiando en la llegada de lo que Paul Krugman ha llamado “el hada de la confianza”: sostienen que los sacrificios y recortes sociales ayudarán a reducir la deuda soberana de cada país y eso dará confianza a empresarios y especuladores, que aceptarán invertir de nuevo para reactivar la economía.
En la fiscalidad, en las reformas laborales, en el recorte de los salarios, en las pensiones, en el desmantelamiento del Estado del bienestar, la socialdemocracia ha sido, cuando ha gobernado, el ariete de la derecha, ha hecho el trabajo sucio que a los partidos conservadores les hubiera sido muy costoso emprender. El ejemplo de Grecia es evidente: el último plan de austeridad presentado por el gobierno de Papandreu ni siquiera contempla obligaciones para los ricos, ni medidas contra la economía sumergida, ni persigue el fraude fiscal de de los poseedores de grandes fortunas: sólo afecta a los trabajadores, a los pensionistas y a los ciudadanos corrientes.

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a socialdemocracia europea ha optado, en los países donde sigue gobernando, por aplicar una política que hace pagar a los pobres las deudas y los excesos de los ricos.


 
El capitalismo se basa en la explotación, en el fraude, en el robo, en la corrupción. Sin tapujos. A veces, a la luz del día. Los grandes empresarios y banqueros se han comportando, y siguen haciéndolo, como verdaderos ladrones, y el hecho de que existan excepciones no varía el juicio general. En los veinte años transcurridos desde la desaparición de la URSS, las desigudades en el mundo capitalista no han hecho sino aumentar, enriqueciendo más a quienes ya eran ricos y empobreciendo a los trabajadores, hasta el punto de que se ha roto la tendencia hacia el progreso que se había mantenido desde la victoria contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, dejando así al descubierto las mentiras con que envolvieron al mundo los principales portavoces del sistema capitalista que auguraron “los dividendos de la paz”.
La anulación de los mecanismos que controlaban parcialmente la actuación de empresas y financieros, la desregulación salvaje de las normas económicas y de empleo, la fe ciega en el poder de “los mercados” (hipócritamente compatible con el uso de información privilegiada y la utilización de los Parlamentos cautivos para forzar leyes favorables al empresariado), el ataque al poder sindical (con campañas de desprestigio y chantajes para asegurar su docilidad), y la renuncia a fortalecer el sector público de la economía, junto con la limitación de la actuación del Estado en su papel de garante de los derechos
mínimos (sin que, al mismo tiempo, los sectores empresariales renuncien al cobro de subvenciones millonarias a cargo del ciudadano), añadido al control de unos medios de comunicación que se han convertido en meros altavoces de empresarios y banqueros, explican el retroceso del Estado del bienestar en Europa y el aumento del sufrimiento social entre grandes segmentos de la población, sobre todo entre los trabajadores más pobres y precarios, y entre los pensionistas y desempleados.

No sucede sólo en Europa. En Estados Unidos, también se están reduciendo los salarios de los trabajadores, y la banca de inversión protagonizó una operación de robo a sus clientes, con la complicidad de las agencias de calificación. En la Unión Europea, el trasvase de recursos públicos hacia el sector empresarial, el endeudamiento de los Estados para salvar a los bancos, y la incautación de una parte de los recursos de la población por la vía de los recortes salariales y de las pensiones, del aumento de precios e impuestos, y del desmantelamiento de una parte del Estado del bienestar, han puesto de manifiesto la voracidad de los responsables de la crisis capitalista, junto con los partidos conservadores, y la impotencia y docilidad de la socialdemocracia.

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El Viejo Topo 284/ septiembre 2011

En España, en treinta años se ha pasado de un porcentaje de desempleo que no llegaba al 5 por ciento, a superar el 20 por ciento. Los gobiernos socialistas, con González, pese al impulso de algunos programas sociales, pusieron las bases para aumentar la temporalidad y, tras ella, la precariedad del trabajo, iniciando la desarticulación de la clase obrera y, más allá, la fragmentación social y la corrupción. Después, aumentaron los empleos con salarios cada vez más bajos y, además, temporales. Mientras tanto, creció la burbuja inmobiliaria, aumentó la corrupción, y las subvenciones a los empresarios (por distintas vías, y en todos los estratos del poder, desde el gobierno central hasta las autonomías y los ayuntamientos) pasaron a ser uno de los factores sistémicos del capitalismo español, en buena parte parasitario. Para agravar las cosas, muchos economistas admiten que, si se produce una recuperación, no irá de la mano de un aumento de los salarios, ni de la seguridad en el empleo. En el colmo de la burla y la desfachatez, los empresarios, protagonistas de esa destrucción de puestos de trabajo, reclaman que el gobierno imponga nuevas reformas laborales y nuevos sacrificios a los trabajadores... porque les duele la situación de tantos millones de parados.


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os Parlamentos se han convertido en un escenario de opereta, y los gobiernos apenas pueden enfrentar las decisiones de quienes manejan los mercados.
La evidencia de que los distintos gobiernos, en Europa y Estados Unidos, han salvado a las entidades financieras de sus propios excesos y pérdidas, mientras han permitido que los banqueros y financieros siguiesen manteniendo sueldos multimillonarios, ha puesto en la picota al propio sistema capitalista. El presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, admitió que los gobiernos, en Europa y Estados Unidos, habían movilizado el 27 % del PIB (¡unos siete billones de dólares!) “para evitar el colapso del sistema financiero”, al tiempo que reconocía que los ciudadanos no aceptarían que los gobiernos acudieran a salvar de nuevo a la banca privada. Es obvio que ese “rescate” de los bancos ha sido posible haciendo pagar a los ciudadanos la factura, con el aumento de la deuda pública, con nuevos impuestos, reducciones salariales y de pensiones, y recorte de prestaciones y derechos sociales, a través de “programas de austeridad” impuestos por la Unión Europea y el FMI o impulsados por los propios gobiernos.
Sin exagerar: el capitalismo real, el sistema que gobierna Europa, Estados Unidos, y buena parte del mundo, es un aglomerado de estafadores y corruptos, de cómplices de la economía criminal que ha puesto al mundo en una situación límite.
La economía capitalista está en manos de especuladores, ladrones, financieros corruptos, banqueros sin escrúpulos y empresarios deshonestos. La propia democracia ha sido vaciada de contenido, los Parlamentos se han convertido en un escenario de opereta, y los gobiernos apenas pueden enfrentar las decisiones de quienes manejan los mercados, y las conquistas sociales que fueron recogidas en muchas Constituciones después de la Segunda Guerra Mundial están en serio peligro.

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La política, entendida como la actividad de unos tipos que poco tienen que ver con las preocupaciones de la gente común, no interesa a los ciudadanos. En cambio, la política, entendida como el gobierno de las cosas comunes, preocupa a millones de personas. Y las democracias liberales ahogan las posibilidades de cambio, limitan la expresión de la voluntad popular, ahogan la libertad y la democracia. La gran paradoja de que, mientras se reclama el derecho al sufragio en el norte de África y en el mundo árabe, los ciudadanos europeos se den cuenta de que votar no sirve para nada, sorprende menos cuando se constata en Europa la inutilidad de elecciones, gobiernos y Parlamentos para aplicar los principios democráticos aceptando los deseos de la mayoría, porque las entidades financieras y los empresarios controlan a los políticos y a los medios informativos.

El Viejo Topo 284 / septiembre 2011 / 25


los empresarios controlan a los políticos y a los medios informativos.

En otra paradoja, los socialdemócratas siguen recibiendo el apoyo de millones de ciudadanos, en unas redes de adhesión que, muchas veces, se encuentran en los orígenes familiares y en las tradiciones de la izquierda europea, y en la momentánea incapacidad de la izquierda (sobre todo, de los comunistas) para levantar un bloque opositor. Pero la desafección aumenta y casi la mitad de la población se abstiene en los procesos electorales. El Parlamento ha dejado de ser, en buena parte, el lugarde la discusión y del combate político para convertirse en un escenario teatral, donde la gran mayoría de los diputados está dispuesta a votar leyes antipopulares siempre que se mantengan sus propios privilegios, sus elevados sueldos y dietas, su escaso trabajo. Sin embargo, aunque hay que exigir el fin de los privilegios de los políticos, no debe equivocarse el contrincante, porque son los grandes empresarios, los banqueros, los financieros y especuladores, los verdaderos responsables de una política criminal que ha supuesto, sólo en España, que trescientas mil familias se hayan quedado sin sus casas en los últimos cuatro años. 
programas con un cierto atractivo cuando quiere recuperar el poder... y los ha olvidado en el momento de gobernar.
La socialdemocracia, que no ha tenido que soportar las feroces campañas de descrédito que han acosado a los comunistas,  ni ha debido gestionar la demoledora evidencia del colapso de la URSS, está en una situación de crisis abierta. Un reciente artículo del presidente de la Internacional Socialista, George  Papandreu, firmado junto con el presidente guineano, Alpha Condé, el presidente iraquí, Jalal Talabani, y el ex presidente  chileno Ricardo Lagos, se vanagloriaba del papel actual de la socialdemocracia en países como Ghana (con el gobierno de John Atta Mills), Guinea, o Níger (cuyo presidente, Mahmadou Issoufou, es, a su vez, vicepresidente de la Internacional Socialista). Papandreu (cuyo papel en Grecia se limita a imponer por la fuerza a los trabajadores los programas de austeridad decididos por la Unión Europea y el FMI) y sus compañeros insistían en la necesidad de la socialdemocracia para asegurar el crecimiento y crear puestos de trabajo, así como para definir propuestas que graven las transacciones financieras y para avanzar hacia una economía mundial más justa donde impere  la solidaridad con los más desfavorecidos. Pero la realidad es muy distinta.

Mientras se reclama el derecho al sufragio en el norte de África y en el mundo árabe, los ciudadanos europeos se dan cuenta de que votar no sirve para nada.
Como ha hecho en otras ocasiones, ahora la socialdemocracia se prepara para resistir en la oposición, recurriendo de nuevo al más viejo oportunismo político elaborando programas que no aplicaron cuando podían hacerlo, preparando el terreno para volver a los gobiernos, si la población olvida. En Gran Bretaña, después del fiasco de los años de Blair y de la breve etapa de Gordon Brown, Ed Miliband plantea un suave giro hacia la izquierda, al igual que en España Pérez Rubalcaba lanza algunas propuestas levemente progresistas, e incluso se permite criticar a la banca privada y a los paraísos fiscales, sin mayores consecuencias, y pedir que la banca dedique una parte de sus beneficios a la creación de empleo. Todo, para intentar eludir la catástrofe electoral. Es cierto que, en Francia, el Partido Socialista propone para las elecciones presidenciales de 2012 un programa que consiste en la creación de una banca pública, en hacer pagar más a las grandes empresas y grandes fortunas del país, a través de una reforma fiscal, y en un compromiso de creación de empleo sobre todo para los jóvenes. No suena mal, pero la socialdemocracia no ha dudado nunca en presentar La socialdemocracia histórica ha muerto, y casi todos sus partidos han experimentado una mutación ideológica, porque sus propuestas conservadoras no son consecuencia de la crisis económica que estalló en 2007, ni de su impotencia actual ante banqueros, empresarios y especuladores: venían de antes. En general, las filas de la Internacional Socialista son hoy un vivero de socialdemócratas derrotados y neoliberales que mantienen un vago discurso “progresista” que apenas se concreta después en los actos de gobierno, y que están muy alejados de las preocupaciones de la gente común. Se han convertido en un sindicato de intereses, en una agrupación clientelista que asegura puestos políticos con magníficos sueldos, negocios e influencias, que coloniza sectores de la administración pública y despilfarra los recursos del Estado: con todas las excepciones de rigor (que cada vez son menos) los socialdemócratas se han transformado en unos perfectos profesionales de la política que buscan su exclusivo interés. Y, ante las evidencias del pillaje capitalista, la socialdemocracia ha quedado reducida a ser el rostro benigno del sistema, una desolada impotencia o un cómplice necesario, un ruin sindicato oportunista que quiere salvar sus privilegios o un círculo partícipe de la sangría. Si la Internacional Socialista recordase sus orígenes, podríamos preguntarle: ¿Tu vida (socialdemócrata) se parece a un fracaso?

El Viejo Topo 284 / septiembre 2011 / 27

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De Le Monde diplomatique

Generación sin futuro

Ignacio Ramonet
País:  Global
Tema:  Movimiento social, Jóvenes, Revueltas sociales
El mundo será salvado, si puede serlo, sólo por los insumisos.” André Gide

Primero fueron los árabes, luego los griegos, a continuación los españoles y los portugueses, seguidos por los chilenos y los israelíes; y el mes pasado, con ruido y furia, los británicos. Una epidemia de indignación está sublevando a los jóvenes del mundo. Semejante a la que, desde California hasta Tokio, pasando por París, Berlín, Madrid y Praga, recorrió el planeta en los años 1967-1968, y cambió los hábitos de las sociedades occidentales. En una era de prosperidad, la juventud pedía paso entonces para ocupar su espacio propio.

Hoy es diferente. El mundo ha ido a peor. Las esperanzas se han desvanecido. Por vez primera desde hace un siglo, en Europa, las nuevas generaciones tendrán un nivel de vida inferior al de sus padres. El proceso globalizador neoliberal brutaliza a los pueblos, humilla a los ciudadanos, despoja de futuro a los jóvenes. Y la crisis financiera, con sus “soluciones” de austeridad contra las clases medias y los humildes, empeora el malestar general. Los Estados democráticos están renegando de sus propios valores. En tales circunstancias, la sumisión y el acatamiento son absurdos. En cambio, las explosiones de indignación y de protesta resultan normales. Y se van a multiplicar. La violencia está subiendo... 

Aunque, en concreto, el formato mismo del estallido no es semejante en Tel Aviv y Santiago de Chile o Londres. Por ejemplo, la impetuosa detonación inglesa se ha distinguido, por su alto grado de violencia, del resto de las protestas juveniles, esencialmente no violentas (aunque no hayan faltado los enfrentamientos puntuales en Atenas, Santiago de Chile y varias capitales).

Otra diferencia esencial: los amotinados ingleses, quizás por su pertenencia de clase, no supieron verbalizar su desazón. Ni pusieron su furor al servicio de una causa política. O de la denuncia de una iniquidad concreta. En su guerrilla urbana, ni siquiera saquearon con ira sistemática los bancos... Dieron la (lamentable) impresión de que sólo las maravillas de los escaparates atizaban su rabia de desposeídos y de frustrados. Pero, en el fondo, como tantos otros “indignados” del mundo, estos revoltosos expresaban su desesperación, olvidados por un sistema que ya no sabe ofrecerles ni un puesto en la sociedad, ni un porvenir.

Un rasgo neoliberal que, de Chile a Israel, irrita particularmente es  la privatizacion de los servicios públicos. Porque significa un robo manifiesto del patrimonio de los pobres. A los humildes que no poseen nada, les queda por lo menos la escuela pública, el hospital público, los transportes públicos, etc. que son gratuitos o muy baratos, subvencionados por la colectividad. Cuando se privatizan, no sólo se le arrebata a la ciudadanía un bien que le pertenece (ha sido costeado con sus impuestos) sino que se desposee a los pobres de su único patrimonio. Es una doble injusticia. Y una de las raíces de la ira actual.

A este respecto, para justificar la furia de los insurrectos de Tottenham, un testigo declaró: “El sistema no cesa de favorecer a los ricos y de aplastar a los pobres. Recorta el presupuesto de los servicios públicos. La gente se muere en las salas de espera de los hospitales después de haber esperado a un médico una infinidad de horas...” (1).  

En Chile, desde hace tres meses, decenas de miles de estudiantes, apoyados por una parte importante de la sociedad, reclaman la desprivatización de la enseñanza (privatizada bajo la dictadura neoliberal del general Pinochet, 1973-1990). Exigen que el derecho a una educación pública y gratuita de calidad sea inscrito en la Constitución. Y explican que “la educación ya no es un mecanismo de movilidad social. Al contrario. Es un sistema que reproduce las desigualdades sociales” (2). A fin de que los pobres sean pobres para la eternidad...

En Tel Aviv, el 6 de agosto pasado, al grito de “¡El pueblo quiere la justicia social!”, unas 300.000 personas se manifestaron en apoyo al movimiento de los jóvenes “indignados” que piden un cambio en las políticas públicas del gobierno neoliberal de Benyamin Netanyahou (3). “Cuando a alguien que trabaja –declaró una estudiante– no le alcanza ni siquiera para comprar de comer es que el sistema no funciona. Y no es un problema individual, es un problema de gobierno” (4).

Desde los años 1980 y la moda de la economía reaganiana, en todos estos países –y singularmente en los Estados europeos debilitados hoy por la crisis de la deuda–, las recetas de los gobiernos (de derechas o de izquierdas) han sido las mismas: reducciones drásticas del gasto público, con recortes particularmente brutales de los presupuestos sociales. Uno de los resultados ha sido el alza espectacular del paro juvenil (en la Unión Europea: 21%; en España: ¡42,8%!). O sea, la imposibilidad para toda una generación de entrar en la vida activa. El suicidio de una sociedad.

En vez de reaccionar, los gobiernos, espantados por los recientes derrumbes de las Bolsas, insisten en querer a toda costa satisfacer a los mercados. Cuando lo que tendrían que hacer, y de una vez, es desarmar a los mercados (5). Obligarles a que se sometan a una reglamentación estricta. ¿Hasta cuándo se puede seguir aceptando que la especulación financiera imponga sus criterios a la representación política? ¿Qué sentido tiene la democracia? ¿Para qué sirve el voto de los ciudadanos si resulta que, a fin de cuentas, mandan los mercados?  

En el seno mismo del modelo capitalista, las alternativas realistas existen. Defendidas y respaldadas por expertos internacionalmente reconocidos. Dos ejemplos: el Banco Central Europeo (BCE) debe convertirse en un verdadero banco central y prestarle dinero (con condiciones precisas) a los Estados de la eurozona para financiar sus gastos. Cosa que le está prohibida al BCE actualmente. Lo que obliga a los Estados a recurrir a los mercados y pagar intereses astronómicos... Con esa medida se acaba la crisis de la deuda.

Segundo: dejar de prometerlo y pasar a exigir ya la Tasa sobre las Transacciones Financieras (TTF). Con un modesto impuesto de un 0,1% sobre los intercambios de acciones en Bolsa y sobre el mercado de divisas, la Unión Europea obtendría, cada año, entre 30.000 y 50.000 millones de euros. Suficiente para financiar con holgura los servicios públicos, restaurar el Estado de bienestar y ofrecer un futuro luminoso a las nuevas generaciones.

O sea, las soluciones técnicas existen. Pero ¿dónde está la voluntad política?


(1) Libération, París, 15 de agosto de 2011.
(2) Le Monde, París, 12 de agosto de 2011.
(3) Según una encuesta de opinión, las reivindicaciones de los “indignados” israelies cuentan con la aprobación del 88% de los ciudadanos. (Libération, op. cit.)
(4) Le Monde, París, 16 de agosto de 2011.
(5) Léase Ignacio Ramonet, “Desarmar a los mercados”, Le Monde diplomatique en español, diciembre de 1997.

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Nº: 190 Agosto 2011

Cambiar el sistema

Ignacio Ramonet

País: Unión Europea
Tema: Crisis económica, Euro

Los eurófilos más extasiados lo machacan sin cesar: si no dispusiéramos del euro, dicen, las consecuencias de la crisis serían peores para muchos países europeos. Divinizan un euro “fuerte y protector”. Es su doctrina y la defienden fanáticamente. Pero lo cierto es que tendrían que explicarles a los griegos (y a los irlandeses, a los portugueses, a los españoles, a los italianos y a tantos otros ciudadanos europeos vapuleados por los planes de ajuste) qué entienden por “consecuencias peores”... De hecho, estas consecuencias son ya tan insoportables socialmente que, en varios países de la eurozona, está subiendo, y no sin argumentos, una radical hostilidad hacia la moneda única y hacia la propia Unión Europea (UE).



No les falta razón a estos indignados. Porque el euro, moneda de 17 países y de sus 350 millones de habitantes, es una herramienta con un objetivo: la consolidación de los dogmas neoliberales (1) en los que se fundamenta la UE. Estos dogmas, que el Pacto de Estabilidad (1997) ratifica y que el Banco Central Europeo (BCE) sanciona, son esencialmente tres: estabilidad de los precios, equilibrio presupuestario y estímulo de la competencia. Ninguna preocupación social, ningún propósito de reducir el paro, ninguna voluntad de garantizar el crecimiento, y obviamente ningún empeño en defender el Estado de bienestar.



Con la vorágine actual, los ciudadanos van entendiendo que tanto el corsé de la Unión Europea, como el propio euro, han sido dos añagazas para hacerles entrar en una trampa neoliberal de la que no hay fácil salida. Se hallan ahora en manos de los mercados porque así lo han querido explícitamente los dirigentes políticos (de izquierda y derecha) que, desde hace tres decenios, edifican la Unión Europea. Ellos han organizado sistemáticamente la impotencia de los Estados con el fin de conceder cada vez más espacio y mayor margen de maniobra a mercados y especuladores.



Por eso se decidió (a insistencia de Alemania) que el BCE fuese “totalmente independiente” de los Gobiernos (2). Lo cual concretamente significa que queda fuera del perímetro de la democracia. De ese modo, ni los ciudadanos ni los Gobiernos elegidos por éstos pueden entorpecer sus opciones liberales.



Hoy, esas características (impotencia de los políticos, independencia del BCE) son en parte responsables de la incapacidad europea para resolver el drama de la deuda griega. La otra causa es que, bajo su aparente unidad, la UE (en este caso particular la eurozona) está profundamente dividida en dos bandos casi irreconciliables: por una parte, Alemania y su área de influencia (Benelux, Austria y Finlandia); por la otra: Francia, Italia, España, Irlanda, Portugal y Grecia.



El origen de la deuda griega (como el de la de los demás países periféricos afectados por la crisis de la deuda soberana, incluida España) es conocido. Cuando Grecia fue admitida en la zona euro (3), las instituciones financieras consideraron inmediatamente que este pequeño Estado presentaba, a pesar de su evidente fragilidad y de sus escasos recursos, todas las garantías necesarias para recibir créditos masivos y baratos. Llovieron sobre Atenas ofertas de financiación a tipos de interés de ganga, en particular por parte de bancos alemanes y franceses que incitaron a los gobernantes helenos a endeudarse a bajo coste y a largo plazo para adquirir principalmente material militar (4) alemán y francés...



Cuando estalla la crisis financiera de 2008 (llamada “de las subprimes”), ésta se extiende rápidamente al sector bancario europeo. Los establecimientos financieros carecen pronto de liquidez y restringen drásticamente el crédito. Lo que amenaza con asfixiar el conjunto de la economía. Para evitarlo, los Estados ayudan masivamente a la banca. Y la salvan. Para ello, se endeudan aún más comprando dinero en el mercado internacional (ya que el BCE se niega a ayudarlos). Ahí, de repente, intervienen las agencias de calificación que sancionan el excesivo endeudamiento de los Estados (¡realizado para salvar a los bancos!)... Inmediatamente los tipos de interés de los préstamos a los Estados más endeudados se disparan... Y se produce la crisis de la deuda soberana.



En sí misma, la deuda griega es insignificante si se tiene en cuenta que el PIB de Grecia representa menos del 3% del PIB de la eurozona. El problema, técnicamente, podía haberse resuelto hace ya más de un año sin gran dificultad. Pero el gobierno conservador alemán, que enfrentaba entonces unas complicadas elecciones locales (finalmente perdidas), estimó que no sería moralmente justo que los griegos, acusados de “corrupción” y de “laxismo”, saliesen tan rápidamente del mal paso. Había que castigarlos para que no cundiese “el mal ejemplo”.



Una ayuda demasiado rápida a Atenas, declaró Angela Merkel, “tiene el efecto negativo de que otros países en dificultades podrían dejar de hacer esfuerzos” (5). Por eso, con el apoyo de sus aliados, Berlín empezó a poner pegas de todo tipo. Dejando pasar los meses.



Plazo que los mercados, excitados por el desacuerdo político europeo, aprovecharon para cebarse en Grecia. Todo se complicó entonces. Finalmente, Alemania acabó por aceptar un (incompleto) plan de ayuda con una condición: que participase en él el Fondo Monetario Internacional (FMI). ¿Por qué? Por dos razones. Primero porque se estimaba que las instituciones europeas carecían de un verdugo lo suficientemente severo para escarmentar a los griegos. Segundo, porque la especialidad del FMI, desde hace cuarenta años, consiste en exigir siempre esfuerzos antisociales a los países endeudados. Sus recetas (aplicadas con saña en América Latina durante los años 1970 y 1980) son siempre las mismas: alza de las tasas al consumo, recortes brutales de los presupuestos públicos, estricto control de los salarios, privatizaciones masivas...(6).



El Gobierno de Papandreu tuvo que resignarse a adoptar un salvaje plan de austeridad. Pero el mal estaba hecho. El ritmo de la política europea es lento y largo, cuando el de los mercados es inmediato. Los especuladores entendieron que la Unión Europea era un gigante sin cerebro político, y el euro una “moneda fuerte” con estructura débil (no hay ejemplo en la historia, de una moneda que no esté encuadrada por una autoridad política). Atacaron a Irlanda, pasó lo mismo y volvieron a ganar. Atacaron a Portugal e ídem. Atacaron a España y a Italia, y los Gobiernos de estos países se apresuraron a autoimponerse las impopulares recetas del FMI.



Por toda Europa se extiende ahora la “doctrina de la austeridad expansiva”, que sus propagandistas presentan como un elixir económico universal cuando en realidad está causando un estrepitoso daño social. Peor aún, esas políticas de recortes agravan la crisis, asfixian a las empresas de todo tamaño al encarecer su financiación, y entierran la perspectiva de una pronta recuperación económica. Empujan a los Estados hacia la espiral de la autodestrucción, sus ingresos se reducen, el crecimiento no arranca, el paro aumenta, las (impresentables) agencias de calificación rebajan su nota de confianza, los intereses de la deuda soberana aumentan, la situación general empeora y los países vuelven a solicitar ayuda (7). Tanto Grecia, como Irlanda y Portugal –los tres únicos Estados “ayudados” hasta ahora por la Unión Europea (mediante el Fondo Europeo de Estabilización) y el FMI– han sidos precipitados, por los que Paul Krugman llama los “fanáticos del dolor” (8), a ese fatal tobogán.



Y el “Pacto del euro”, establecido en marzo pasado, tampoco resuelve nada. En realidad es una vuelta de tuerca suplementaria a la austeridad, un acuerdo “de competitividad” que prevé más recortes del gasto público, más medidas de disciplina fiscal, y penaliza principalmente –de nuevo– a los asalariados. Con amenazas de sanciones a los Estados que no cumplan el Pacto de Estabilidad (9). Propone la tutela de la deuda pública y un ritmo fijo de reducción, o sea: una limitación de la soberanía. “Los países europeos deben ser menos libres de emitir deuda”, afirma, por ejemplo, Lorenzo Bini Smaghi, miembro del directorio del BCE. Algunos eurócratas van más lejos, proponen que se le retire a un gobierno que no haya respetado el Pacto de Estabilidad, la responsabilidad de dirigir sus propias finanzas públicas...



Todo esto es absurdo y nefando. El resultado es una sociedad europea empobrecida en beneficio de la banca, de las grandes empresas y de la especulación internacional. Por ahora la legítima protesta de los ciudadanos se focaliza contra sus propios gobernantes, complacientes marionetas de los mercados. ¿Qué pasará cuando se decidan a concentrar su ira contra el verdadero responsable, o sea el sistema, es decir: la Unión Europea?





(1) Definidos en los Tratados de Maastricht (1993), de Amsterdam (1999), de Niza (2003) y de Lisboa (2009).

(2) Entre otras limitaciones, el BCE no puede prestar dinero a los Estados, sólo a la banca privada.

(3) Merced a un balance de su situación económica falseado y maquillado por el anterior gobierno conservador con la ayuda del banco estadounidense Goldman Sachs.

(4) Grecia es el principal importador de material militar de la Unión Europea, y el Estado que consagra a su defensa (por razones de rivalidad con Turquía) el mayor porcentage de su PIB.

(5) El País, Madrid, 18 de julio de 2011.

(6) Léase Philippe Askenazy, “L’austérité imposée à la Grèce, de Charybde en Scylla”, Le Monde, París, 19 de juliode 2011.

(7) Aunque ha sido recibido con alivio por la prensa neoliberal, el nuevo plan de rescate a Grecia, anunciado el pasado 21 de julio, de poco servirá. Los mercados y los fondos buitres han olido la sangre y no detendrán sus ataques mientras no se les frene con auténticos cambios estructurales.

(8) Paul Krugman, “Cuando la austeridad falla”, El País, Madrid, 24 de mayo de 2011.

(9) Que fija el límite para el déficit presupuestario en un 3% del PIB, y el de la deuda soberana en un 60% del PIB.





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De Le Monde diplomatique

Nº: 189 Julio 2011

Esclavos en Europa

Ignacio Ramonet

País: Global, Unión Europea
Tema: Esclavitud, Globalización

Dos siglos después de la abolición de la esclavitud, regresa una práctica abominable: la trata de personas. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que 12,3 millones de personas en el mundo se ven sometidas, por redes ligadas a la criminalidad internacional, a la explotación de su fuerza de trabajo en contra de su voluntad y en condiciones inhumanas.

Tratándose de mujeres, la mayoría son víctimas de explotación sexual mientras muchas otras son específicamente explotadas en el servicio doméstico. También se da el caso de personas jóvenes y en buen estado de salud que, bajo diversos engaños, son privadas de su libertad con el fin de que partes de sus cuerpos alimenten el tráfico ilegal de órganos humanos.

Pero la trata se está extendiendo cada vez más a la captura de personas que sufren explotación de su fuerza de trabajo en sectores de la producción muy necesitados de mano de obra barata como la hostelería, la restauración, la agricultura y la construcción.

A ese tema preciso, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) dedicó en Viena, los días 20 y 21 de junio pasado, una Conferencia internacional con la participación de autoridades políticas, organismos internacionales, ONGs y reconocidos expertos (1).

Aunque el fenómeno es mundial, varios especialistas subrayaron que la plaga del trabajo esclavo está aumentando imparablemente en el seno mismo de la Unión Europea. El número de casos revelados por la prensa, cada vez más numerosos, sólo constituyen la punta del iceberg. Las organizaciones sindicales y las ONGs estiman que hay en Europa centenares de miles de trabajadores sometidos a la execración de la esclavitud (2).

En España, en Francia, en Italia, en los Países Bajos, en el Reino Unido y en otros países de la UE, numerosos migrantes extranjeros, atraídos por el espejismo europeo, se ven atrapados en las redes de mafias que les obligan a trabajar en condiciones semejantes a las de la esclavitud de antaño. Un informe de la OIT reveló que, al sur de Nápoles, por ejemplo, unos 1.200 braceros extracomunitarios trabajaban 12 horas diarias en invernaderos y otras instalaciones agrícolas sin contrato de trabajo y por sueldos miserables. Vivían confinados en condiciones propias de un campo de concentración, vigilados militarmente por milicias privadas.

Este “campo de trabajo” no es el único en Europa. Se ha descubierto, por ejemplo, en otra región italiana, a centenares de migrantes polacos explotados del mismo modo, a veces hasta la muerte, esencialmente para la recogida de tomates. Se les había confiscado su documentación. Sobrevivían subalimentados en una clandestinidad total. Sus “propietarios” les maltrataban hasta el punto de que varios de ellos perdieron la vida por agotamiento, o por los golpes recibidos, o empujados al suicidio por desesperación.

Esta situación concierne a miles y miles de inmigrantes sin papeles, víctimas de negreros modernos en los más diversos países europeos. Según varios sindicatos, el trabajo clandestino en el sector agrícola representa casi el 20% del conjunto de la actividad (3).

En esta expansión de la trata de trabajadores esclavos, el modelo económico dominante tiene una gran responsabilidad. En efecto, la globalización neoliberal –que se ha impuesto en los tres últimos decenios gracias a terapias de choque con efectos devastadores para las categorías más frágiles de la población– supone un coste social exorbitante. Se ha establecido una competición feroz entre el capital y el trabajo. En nombre del libre-cambio, los grandes grupos multinacionales fabrican y venden en el mundo entero. Con una particularidad: producen en las regiones donde la mano de obra es más barata, y venden en las zonas donde el nivel de vida es más alto. De ese modo, el nuevo capitalismo erige la competitividad en principal fuerza motriz, y establece, de hecho, la mercantilización del trabajo y de los trabajadores.

Las empresas multinacionales, al deslocalizar sus centros de producción a escala mundial, ponen en competencia a los asalariados de todo el planeta. Con un objetivo: minimizar los costes de producción y abaratar los salarios. En el seno la Unión Europea, eso desestabiliza el mercado del trabajo, deteriora las condiciones laborales y hace más frágiles los sueldos.

La globalización, que ofrece tan formidables oportunidades a unos cuantos, se resume para la mayoría de los demás, en Europa, a una competencia sin límites y sin escrúpulos entre los asalariados europeos, pequeños empresarios, y modestos agricultores, y sus equivalentes mal pagados y explotados del otro lado del mundo. De ese modo se organiza, a escala planetaria, el dumping social.

En términos de empleo, el balance es desastroso. Por ejemplo, en Francia, en los dos últimos decenios, ese dumping causó la destrucción de más de dos millones de empleos únicamente en el sector industrial. Sin hablar de las presiones ejercidas sobre todos los salarios.

En semejante contexto de desleal competencia, algunos sectores en Europa, en los que existe una carencia crónica de mano de obra, tienen tendencia a utilizar a trabajadores ilegales. Lo cual estimula la importación de migrantes sin papeles, introducidos en el seno de la UE por traficantes clandestinos que en muchos casos les obligan al trabajo esclavo. Numerosos informes evocan claramente la “venta” de braceros agrícolas migrantes.
En el sector de la construcción, muchos trabajadores jóvenes extracomunitarios, sin papeles, se hallan bajo el control de bandas especializadas en la trata de personas, y “alquilados” a empresas alemanas, italianas, británicas o griegas. Estos trabajadores esclavos se ven forzados por las bandas que los explotan a pagar sus gastos de viaje, de alimentación y de alojamiento cuyo total es en general superior a lo que ganan. De tal modo que pronto, mediante el sistema de la deuda, pasan a “pertenecer” a sus explotadores (4).

A pesar del arsenal jurídico internacional que sanciona esos crímenes, y aunque se multipliquen las declaraciones públicas de altos responsables que condenan esa plaga, hay que reconocer que la voluntad política de poner fin a esa pesadilla resulta más bien débil. En realidad, las patronales de la industria y de la construcción y los grandes exportadores agrícolas influyen en permanencia sobre los poderes públicos para que hagan la vista gorda sobre las redes de importación de migrantes ilegales. Los trabajadores sin papeles constituyen una mano de obra abundante, dócil y barata, una reserva casi inagotable cuya presencia en el mercado del trabajo europeo contribuye a calmar los ardores reivindicativos de los asalariados y de los sindicatos.

Los partidarios de una inmigración masiva siempre han sido las patronales. Y siempre por el mismo motivo: abaratar los sueldos. Los informes de la Comisión Europea y de Business Europe (la patronal europea), desde hace decenios, reclaman siempre más inmigración. Los patronos saben que cuanto mayor sea la oferta de mano de obra, más bajos serán los salarios.

Por eso ya no sólo los negreros modernos explotan a los trabajadores esclavos; ahora se está desarrollando una suerte de “trata legal”. Véase, por ejemplo, lo que sucedió en febrero pasado en Italia, en el sector de la industria del automóvil. El grupo Fiat colocó al personal de sus fábricas ante un chantaje: o los obreros italianos aceptaban trabajar más, en peores condiciones y con salarios reducidos, o las fábricas se deslocalizaban a Europa del Este. Enfrentados a la perspectiva del paro y aterrorizados por las condiciones existentes en Europa del Este donde los obreros están dispuestos a trabajar sábados y domingos por salarios miserables, el 63% de los asalariados de Fiat votaron a favor de su propia sobreexplotación...

En Europa, muchos patronos sueñan, en el marco de la crisis y de las brutales políticas de ajuste, de establecer esa misma “trata legal”, una especie de esclavitud moderna. Gracias a las facilidades que ofrece la globalización neoliberal, amenazan a sus asalariados con ponerlos en competencia salvaje con la mano de obra barata de países lejanos.

Si se quiere evitar esa nociva regresión social, hay que empezar por cuestionar el funcionamiento actual de la globalización. Es hora de comenzar a desglobalizar.



(1) Bajo el título: "Preventing Trafficking in Human Beings for Labour Exploitation: Decent Work and Social Justice", la Conferencia fue organizada por la Representante especial y Coordinadora para la lucha contra la trata de seres humanos, Maria Grazia Giammarinaro, y su equipo, en el marco de la Alianza contra la trata de personas.
(2) Léase el informe: Combating trafficking as modern-day slavery: a matter of rights, freedom and security, 2010 Annual Report, OSCE, Viena, 9 de diciembre de 2010.
(3) Léase el informe: The Cost of coercion, OIT, Ginebra, 2009.
(4) Cf. No trabajar solos. Sindicatos y ONG unen sus fuerzas para luchar contra el trabajo forzoso y la trata de personas en Europa, Confederación sindical internacional, Bruselas, febrero de 2011.

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Estamos rodeados de militarismo y no lo sabemos...

Magritte - Golconda

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El Apocalipsis, Beato de Liébana y los problemas de nuestro tiempo from Sabiduría en Movimiento on Vimeo.




http://liberacionahora.wordpress.com/2012/07/29/el-apocalipsis-beato-de-liebana-y-los-problemas-de-nuestro-tiempo-video-reflexiones-de-felix-rodrigo-mora/ 





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La experiencia de Lizzie Phelan en Libia durante los ataques de la OTAN from ankesenaton on Vimeo.
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Este video, como es de esperar, fue censurado en YouTube.

Liberada por el CICR (Comité Internacional de la Cruz Roja) del hotel Rixos en Trípoli en donde estaba bloqueada durante cinco días, la periodista Lizzie Phelan cuenta sus impresiones de la caída de la capital libia.

Lizzie Phelan, es una periodista y activista política londinense.

Ella afirma la complicidad de los medios de comunicación al genocidio organizado por la OTAN, explica cómo se modificó la información para confundir a los países occidentales y justificar una mentira: la supuesta opresión política por parte de Muamar Gadafi, para así tener apoyo político y apoderarse de Libia asesinando a mansalva a civiles, mujeres y niños, más de mil trescientos en varias horas de ataque a la ciudad de Trípoli.

Durante el ataque a Trípoli, los rebeldes habrían concentrado sus esfuerzos en cercar la zona del Hotel Rixos para no permitir la información periodística sobre el lugar, desactivando las cuentas de facebook y twitter desde las que informaba asiduamente sobre lo que estaba ocurriendo en realidad.
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Álvaro José Van Den Brule en la junta de accionistas del Banco Santander, defendiendo al 15m



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Estamos rodeados de militarismo y no lo sabemos

Felix Rodrigo nos explica desde el ANTIMILITARISMO como nuestra vida cotidiana esta inmersa en aspectos militares sin ni siquiera ser conscientes de ello. La democracia esta en realidad basada en aspectos militares al igual que nuestra vida






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Entrevista a Julian Assange, fundador de Wikileaks





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La guerra que ustéd no ve:

"La manipulación inteligente de las masas es un Gobierno invisible, que es el verdadero poder gobernante de nuestro país." Edward Bernays.

"La Guerra Que Usted No Ve" (The War You Don't See). Es una obra maestra del periodismo. El documental es de John Pilger, periodista y reportero de guerra australiano a quien, últimamente, y afortunadamente, también le ha dado por hacer documentales. En The War You Don't See, John Pilger denuncia la manipulación y el papel propagandístico de los medios de comunicación de masas occidentales en las recientes invasiones de Afganistán e Iraq. También analiza y denuncia la gran máquina propagandística del Estado de Israel

AVISO: El vídeo comienza con una matanza desde el aire, perpetrada y grabada por el Ejército de los Estados Unidos. Hay varios vídeos e imágenes que pueden herir fácilmente la sensibilidad.



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El origen de las migraciones modernas


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Breve Historia de EEUU - Michael Moore



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Palestina: La verdadera historia.


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Ratones de Ratonlandia quien queréis que mande ¿Los gatos blancos o los negros?

Fábula política difundida por Tommy Douglas, prominente activista y político, elegido en 2004 como "El canadiense más grande de todos los tiempos". Reconocido como padre del paso del sistema de salud canadiense al modelo de Asistencia sanitaria universal.



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EXCELENTE extracto de la conferencia sobre la manipulacion del movimiento feminista por parte de los estados hoy todos militarizados. Mujer y militarismo en la biopolítica del siglo XXI, a cargo de María del Prado Esteban Diezma.








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Análisis del 15M

de AsocMovimientoVisual  | 18/05/2011
Causas y reflexiones del movimiento #15M con José Luis Sampedro y ciudadanos manifestantes.






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Agustín García Calvo en La puerta del Sol



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Que es el pacto del Euro, por Rosa






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Españistán


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Conferencia sobre el pacto del euro:

Resumen conferencia-pacto-del-euro

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Conferencia realizada por Gregorio López, profesor de Economía en la UCLM.